Desde mis primeros años me encontré con un bulto de papeles que unos utilizaban para jugar, otros para envolver y uno que otro para reutilizar, por suerte y destino, descubrí que se podía escribir, rayar, colorear y pintar un mundo diferente a través de entender que ese insumo puede contribuir a sacarte del lugar donde te encuentres.
Nací en condiciones adecuadas de salud y oportunidades, pero sin darme cuenta que las limitaciones económicas marcaban la hora de levantarse y acostarse y que durante algunos días de la semana, un órgano interno llamado estomago reclamaba su ración para funcionar y no quejarse por no tener nada que hacer.
Esos momentos difíciles para todo ser humano traen de la mano una motivación que te habla y que bien encaminada permite sobreponerte a una serie de vicisitudes que sumadas no representan lo que la vida tiene para aquellas personas que no truncan su vida por los déficit de una situación económica.
Pasé de rayar hojas y colorear a dibujar, y entre líneas y círculos fui encontrando un tesoro, la escritura, esa fascinante forma de hablar con un lápiz entre tus manos, no hay límite ya no solo el papel; una pared, una baldosa, la tierra y hasta el agua son excelentes lienzos para rubricar sueños y en especial esperanzas que luego fueron tomando forma a través de la escritura, donde la combinación de letras y números sacaron las cuentas de un futuro que se empezaba a vislumbrar desde una tenue luz de una candela.
Pasé de las formas gráficas mal hechas en papel, pero bien intencionadas en mi consciencia, a combinar la sonoridad gutural, escucharme integrando el abecedario para leer y se me convirtió en un hábito. Descubrí mundos imposibles de visitar físicamente, pero fáciles de tocar, palpar y comprender, me enamore de muchos de esos sitios geográficos que me llevaron a vivir en abundancia, compré una serie de historias que cambiaron mi panorama sombrío y triste por uno generoso, accesible y dinámico que ajustó mi paradigma de vida.
Les cuento que me actualicé sin salir de mi barrio, no conocí hasta mucho tiempo después los aviones, pero sí los sitios a donde estos viajaban, no sabía cómo era una tarjeta de viajero frecuente, pero sí obtuve muchos tiquetes de ida y regreso a lugares donde ni siquiera existen los boletos, no probé comidas exóticas, pero si saboree sus cultura, formas y paradigmas de vida, me encumbre en muchas montañas con colores de arcoíris y mar; todo ello es lo que hoy me permiten recordar mi la vida de ese niño como un maravilloso y fascinante paso para seguir amando los libros, por su poder innato de actualizar y renovar una vida de candelas a una de lámparas y reflectores que alumbran más allá de la nariz.
En los talleres y seminarios que desarrollamos con comunidades, empresarios, jóvenes y estudiantes, a veces levanto un libro y pregunto ¿a quién le cabe este libro en su bolso o cartera? Muchas personas levantan la mano para señalar que a ellos, y luego repregunto y ¿entonces por qué no lleva uno?
La reflexión busca darle el valor que tiene esa variable que algunos hemos aprendido a apreciar sobre otras, el tiempo, nuestro tiempo, el cual debe ser optimizado y si lo llenamos de conocimiento, podemos dejar de soñar para hacer realidad esas visualizaciones que varios guatemaltecos hacemos sobre nuestra patria y que muchas veces no podemos consolidar. El conocimiento es un manantial inagotable y debe ser una variable que por principio incorporemos en la canasta básica de nuestra vida.
Promovamos una rutina diaria que antes de salir de casa, tomemos un libro pongámoslo en nuestro equipaje y dejemos que nos acompañe, será un primer paso para promover una país de lectores, insisto en que esa rutina te hará crecer como persona y contribuirá a dar ejemplos a muchos que en este momento se encuentran esperando para ser atendidos o entrevistados y lo único que están haciendo es perder el tiempo.
¿Será que vale la pena seguir meditando en las salas de espera, o en otras palabras, mantener la mente en blanco? Les recuerdo que muchas veces ésta se decolora, por ello pongámosle color a la vida con un libro.
Mi visión en las universidades de avanzada es que la acción del profesor/facilitador sea cada vez menos necesaria, que el centro universitario sea una sitio de reunión y gestión de intercambio, de aprendizaje para aquellos que desean crecer, ilustrarse, pintar un mundo mejor con otros que se animan a vivir libres, sin necesidad de tener que llamar a lista, pasar examen, colocar puntajes de aproximación, en general supervisar y controlar para saber si el estudiante tiene o no derecho a un cartón llamado título.
La universidad como un lugar de actualización, apoyo y facilitación para que los mentores/entrenadores estén a disposición de aquellos que deseamos saber, el mundo de los licenciados indispensables está pasando de moda, y para consolidar ese procesos debemos animarnos a creer en la actualización desde el mundo estudiantil, tomando la bandera de la responsabilidad, cambiando la opción actual de tener un título a costa de una nota, para ganar conocimiento y recibir la acreditación a la entereza, templanza y responsabilidad como estudiantes, esa es la fascinación y la capacidad de actualizarse.
El reto consiste en no más estudiantes que deben ser movidos con grúa para que lleguen a clase o para que lean un libro y emitir una resolución para que la universidad no promueva profesores armados de memorias, acciones repetitivas y papeles amarillos con manchones de repetición que aburren y no dejan sino sinsabores de palabras y resbaladeros que nos ponen a repensar si volver a la universidad es una buen inversión.
Se hace necesario que unos y otros enaltezcamos la universidad para hacerla más alegre, dinámica y constructiva en y para el conocimiento, que en mi entender es su razón de ser, creo que con ello asumimos todos esa maravillosa capacidad de actualizarnos.