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¿Usted pertenece al círculo de los «Exceso de amabilidad”?

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En un mundo tildado de moderno, donde los valores promovidos por los abuelos entraron hacer parte de la escasez, parecería impropio hablar de exceso de amabilidad, cuando lo que la sociedad desea es precisamente poder disponer, aunque sea en pequeñas dosis, de esa calidez y pasión que debemos sentir por el ser humano, incluyéndonos nosotros mismos, por supuesto.

 Que bueno es encontrar una persona agradable, con quien se puede hablar, que muestra afecto en los procesos de intercambio de ideas y experiencias, cuando la gentileza aparece a flor de piel, haciéndonos sentir muy bien y gratificados por tener el privilegio y la oportunidad de esa amistad, compañero, pareja o familiar; en fin, una relación que mantiene el buen trato ante todo, donde no existen ofensas de frente, ni palabras a la espalda.

En algunos casos encontramos que con el transcurso del tiempo la relación puede verse afectada, pasando de un estado muy positivo a uno de dudas y cuestionamientos, pues se presentan cambios bruscos, en lo que hemos dado en llamar, excesos en esa amabilidad. La persona ha prometiendo cosas para conservar la relación, caer bien, no incomodar al otro, pero cuando pasa el tiempo y deben cumplirse los compromisos, se generan dificultades por los incumplimientos.

Cuando hablamos de exceso, estamos refiriéndonos a ese cruce del limite entre la necesaria y bien recibida amabilidad, que esperamos todos los seres humanos de nuestros interlocutores y lo deplorable que es escuchar a las personas prometer cosas, que saben, no podrán  cumplir, pero que en sus prioridades, la conservación de una relación o amistad prevalece.  Por ello, no expresan la verdad, sus intenciones reales se ven frustradas por tener en su mente una traba, que les señala;  -esa sinceridad puede afectar la relación-, entonces prefieren callar y tratar de hacer agradable una relación, para caer mal ante los ojos de los otros.

Toda aquella cantidad de basura mental, que le agregamos a nuestra forma de comportamiento y postura, para hacer creer a las personas con quienes interactuamos, que somos cordiales dulces y files a ellos, hace que muchas relaciones sigan y permanezcan por ese compromiso de amabilidad forzada, y es necesario saber que se sufre mucho por ello y que son acciones que sólo funcionan en el muy corto plazo. 

Cuando una persona ofrece cosas a otra que sabe no podrá cumplir, inicia un proceso de excusas y huidas que desagradan y ponen en tela de juicio el gran valor de la amabilidad. Acciones como no contestar el teléfono, y no estoy refiriéndome a pasajes caseros, estoy hablando de empresas donde se pagan asistentes para que nieguen al jefe, con excusas tan baratas como “ya iniciamos el proceso, se presento un contratiempo, está enfermo(a), en una junta o reunión, tiene un problema familiar, etc.

 Todo este tema esta incorporado directamente a nuestra cultura, esa forma en que percibimos el mundo, y la interpretación que damos al mismo, para luego actuar frente a todo lo que nos rodea, incluyendo naturalmente a nuestra comunidad o sociedad, y podemos seguir actuando de esa forma, cada quien valorará que colaboradores o amistades sinceras ha consolidado con esa forma de proceder, o como lo valoran en su oficina, en su familia. Lo que si es cierto, es que las personas que no gustan ser engañadas, que ofrecen una amistad o su cariño, ante actuaciones de estas, pierden un elemento primordial en cualquier relación, la confianza.

Puede que quienes actuamos de esta forma tengamos que empezar a comparar lo que significa seguir operando en una concepción de exceso de amabilidad y estar perdiendo nuestra gente, porque no somos dignos de su confianza, las excusas seguirán, pero su prestigio y las personas a las que les aplicamos un exceso de amabilidad desaparecerán con el tiempo o dejaran de ser lo queríamos que fueran, efecto contrario al deseado.

Existe otro panorama, y es que nuestra gente decida actuar de la misma forma en que lo hacemos nosotros, expresando cosas que no pueden cumplir, pero que por quedar bien y no tener el valor de señalar las cosas que realmente piensan, nos engañen pero sigan siendo amables todo el tiempo, puede que en ese ambiente se valoren cosas como, lo que a mi me hacen, yo lo hago, y pasemos el tiempo perdidos en formas de interrelación equivocadas y poco constructivas, impidiendo crecer como seres humanos que deben desarrollarse y consolidar sus interrelaciones, con sinceridad y creencia.

El mundo de lo global y esa forma en que actualmente nos escapamos de lo local a lo internacional a través de muchas vías, hace que tengamos que revisar esa forma cultural que tenemos para continuar y no perder ese gran valor de amabilidad que hemos incorporado a nuestras vidas, pero asumir papeles de respeto por los otros, para expresar lo que sentimos, con respeto, esperando que los otros hagan lo mismo, sin que ello signifique molestia para nosotros.

Sólo así lograremos que el valor de amabilidad sea considerado como una patrimonio y no como una forma atrasada de esconder nuestras verdaderas intenciones, las que se pueden ocultar bajo una sonrisa, o un buen gesto facial, pero que encubre una burla hacia las demás y en forma muy especial hacía quien lo hace, pues parece ser que toda la trama está enfocada hacia el otro, pero el primero en línea es el gestor, usted mismo, pues el que más sabe que lo que hace y dice no es verdad, es usted.

Por más negación que haga, usted tiene la verdad, por ello vale la pena preguntarse si usted sufre de exceso de amabilidad.

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