Las ventanas aparecen para permitirnos observar aquello que está fuera del lugar donde nos encontramos; en el presente libro esa es su pretensión: aprender a redirigir la mirada más allá de nosotros mismos, pero también para que otros nos vean. Los jóvenes vivimos y hacemos parte de un conglomerado es una afirmación sin complacencias o dolencias, es una realidad y deseamos que todo ser humano que se considere joven haga parte del ejercicio. Buscamos facilitar el ingreso de luz, por una de muchas ventanas que ofrece la vida de un joven, ventana, que cuando la abrimos permite el ingreso de aire y oxigeno para respirar y cubrir necesidades básicas. Creemos firmemente en que abrir ventanas para preguntarnos, mejora las respuestas de vida, en todo ser humano.
Los jóvenes debemos entender nuestros procesos de interacción en cada uno de nosotros, no solo el cuerpo se transforma, también lo hace nuestra mente, y una ventana, puede ser muy apropiada para observar lo que acontece con compañeros, amigos, familia, profesores y sociedad.
Abrir una ventana para observarnos y reflexionar sobre nuestras acciones hablará de nuestra inteligencia emocional, esa tan criticada por algunos adultos. Cuando estamos abriendo esa ventana divisamos libertad e independencia, y para ello hacemos un salto por ese espacio de luz, que nos facilita mejorar la inteligencia social para estar en paz con nosotros mismos y con todos aquellos con quienes convivimos y compartimos.
Los jóvenes viven una franja de su vida, en la que adquieren una colosal cantidad de información, desarrollan procesos profundos de comunicación y toman decisiones que marcan el siguiente presente, ese que siempre estará acompañado de un yo y un él o ella, del cual hacemos parte todos. La ventana de los jóvenes es un buen espejo para poder hacer un ejercicio de un nosotros, y observarnos todos.

